Mi Terapia en Línea

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Inteligencia emocional y comunicación acertiva: las bases del encuentro

Nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa,
como aquel que no sabe sonreír a los demás…
Dalai Lama.

Desencuentros:

Si mientras conversan uno de los interlocutores tiene la vista puesta en el teléfono celular que manipula…

Si su niño pequeño al no obtener lo que desea hace una pataleta insufrible al oído de cualquiera…

Si su pareja no le atiende cuando le habla, se mueve y usted va detrás y continúa hablándole…

Si en su familia todos se critican y descalifican ente sí… 

Si dos hermanos entran en discusión y uno de ellos tararea un “la, la, la, la…”, por ejemplo, mientras el otro le habla. 

Si su niño se equivoca haciendo sus tareas y un adulto (papá, mamá…) le reprochan sus errores con descalificaciones.

Si está cansado de oír los mismos relatos de la abuela y usted le hace saber con un: “Ya lo sé, madre, eso lo has contado miles de veces”.

Si entre los miembros de la familia todos hablan a la vez en voz alta y sin respetar turnos.

Si cada quien se aísla en su dormitorio pasando muy poco tiempo reunidos.

Sea el caso de que ocurra uno o varios de estos desencuentros en la cotidianidad del hogar, evidentemente existen problemas de interrelación que exigen revisar los parámetros emocionales y comunicacionales de la constelación familiar.

 

¡Durante el aislamiento social, con tiempos de sobra juntos, vamos a aprender a leernos y a convivir!

Las citadas situaciones negativas de no convivencia son apenas un ápice de lo que puede acontecer cuando nos comunicamos de modo inasertivo. En realidad son ejemplos de una breve representación de cómo muchos de nosotros dentro de su entorno, hasta sintiéndonos amados, podemos ser víctimas de violencia o de agresión: psicológica, simbólica, incluso, física. Se trata de ambientes poco o nada empáticos, emocionalmente sordos o, definidos con una palabra en boga, tóxicos. 

 

Al hablar de empatía comenzamos refiriendo que es un término de vieja data el cual, como las nuevas palabras de la ciberdiscursividad, todos usamos y hasta tenemos idea de su sentido pero no todos sabemos dar una definición exacta  de ella. 

 

El DRAE online (2002) apunta que: “la empatía es la capacidad que tenemos de ponernos en el lugar de alguien y comprender lo que siente o piensa (…) Evidentemente, cuanto más grande es el lazo que nos une con el individuo con quien empatizamos, mayor será nuestra comprensión de sus emociones”.  Se supone, entonces, que a mayor compenetración humana mayor será el grado de empatía.

 

Y ya desde un punto de vista psicológico los aportes de Goleman (1996) en torno a la empatía son fundamentales. A su decir, esta tiene sus raíces en la primera infancia ya que se construye desde las primeras experiencias familiares en el hogar y luego en la escuela, como principales entes responsables de la socialización del individuo. El referido autor señala también que: “La empatía se construye sobre la conciencia de uno mismo; cuanto más abiertos estemos a nuestras propias emociones, más hábiles seremos para interpretar los sentimientos…” (p. 123) propios y ajenos, agregamos nosotros. 

 

En otras palabras, debemos tener presente que nuestra mismidad está muy cercana a la otredad porque somos seres humanos al fin. Todos fuimos: niños, adolescentes, adultos, lo que sabemos lo aprendimos paulatinamente, pasamos por vicisitudes,  éxitos, fracasos, alegrías, etcétera. En consecuencia, debería ser  fácil ponerse en el lugar del otro o en términos coloquiales: “ponerse en zapato ajeno”.

 

Entonces, la empatía supone ser acción y valor incondicional (automático) entre  miembros de la familia o la pareja, pero no siempre funciona así. Pareciera que cuando hay problemas de esa naturaleza, el discurrir de la cotidianidad cargado de acordes y notas emocionales que se deslizan (consciente/inconscientemente) en palabras, gestos, acciones, tono de voces particulares, cambios posturales bruscos o ademanes exagerados, elocuentes mutis o silencios, reveladores temblores al hablar, pasasen desapercibidos o no importasen. Al parecer, es como si lo que le pasa a mi interlocutor para mí pasase inadvertido o no me importase. 

 

Todo esto suele ser doloroso y recurrente, traduce desencuentros que producen perturbación, porque son eventos lacerantes, y lo más relevante es que: “Esta imposibilidad de registrar los sentimientos es un déficit importante de la inteligencia emocional, y un trágico fracaso en lo que significa ser humano”. (op. cit. íbidem). 

 

Por ejemplo, si los padres no son empáticos con sus hijos, ellos sufrirán heridas perturbadoras que podrían marcarlos para toda la vida. Otro caso importante es el de las relaciones de pareja o entre hermanos, si la ausencia de empatía es prolongada, sostenida, supondrá rupturas y enormes perjuicios emocionales para las partes involucradas.

 

Por otro lado, debemos señalar que esa incapacidad o capacidad de sentir lo que siente el otro tiene gradaciones, naturalmente, pero siempre entra en juego en una amplia gama de situaciones, desde las relaciones ocasionales hasta las del idilio o la paternidad. Su estudio incluso puede dar paso a la comprensión de casos patológicos como los de un psicópata, un sádico o un criminal, quienes definitivamente carecen de empatía. 

 

Lo expuesto hasta aquí conlleva considerar la otra arista de este artículo, la comunicación humana. Que está dotada del dispositivo más complejo y más sofisticado hasta ahora existente para servir tanto a la intracomunicación (con nosotros mismos) como a la intercomunicación (con los demás). 

 

La naturaleza y origen de la comunicación humana es oral aunque no es independiente puesto que cuenta con múltiples señales, recurso y sub códigos (código escrito, lengua de señas, lenguaje musical, entre otros) que la enriquecen.

 

Cabe destacar que pese a la existencia de los excelentes recursos tecnológicos comunicacionales del presente, aún sigue siendo la comunicación cara a cara, la interpersonal, la determinante para reconocer tanto la empatía como la simpatía (atracción casi involuntaria hacia otra persona), porque las emociones de la gente rara vez se expresan con solo palabras; con mucha mayor frecuencia se manifiestan a través de las señales corporales y el tono de la voz.

 

Así como la mente racional se expresa a través de palabras, la expresión de las emociones es no verbal. Y vaya que el cuerpo expresa mensajes, significa y semiotiza, querámoslo o no, nuestro cuerpo siempre  está diciendo algo (hasta dormidos). En tal sentido, refiere Goleman (1996:125): “Una regla empírica utilizada en la investigación de las comunicaciones es que el 90 % o más de un mensaje emocional es no verbal.      

 

En consecuencia y en virtud del espíritu que moviliza al equipo psicológico que gestiona www.miterapiaenlinea.com sugerimos consultar nuestros especialistas si sientes que a nivel familiar o a nivel de pareja la interrelación no es saludable sino tóxica. Ellas están allí para apoyarte y brindarte las herramientas que requieras.

Entre tanto y a favor del encuentro: la sintonía emocional.

 

Entrar o mantenerse en sintonía con el otro es un hecho social humanísimo, factible de hacerlo hasta casi cotidiano. Obviamente, la conexión emocional, la resonancia positiva: la sintonía puede surgir de modo espontáneo, incluso ante un desconocido. Pero la más de las veces la sintonía se da por la fuerza de la convivencia, a partir del conocimiento mutuo. 

 

En ese orden de ideas, es posible cultivar la empatía a través de las palabras y, sobre todo, del lenguaje corporal, tomando consciencia de que las acciones de uno con respecto a otro pueden generar empatía o sus contrarios: antipatía, odio, animadversión. 

 

Trabajar la empatía requerirá en primer lugar del conocimiento de sí mismo y en segundo lugar del adiestramiento en la comunicación asertiva. Esa es la comunicación centrada no en el yo del hablante sino en el tú del oyente. Cada mensaje debe ser pensado antes de emitirlo, en función del receptor o destinatario a través de las siguientes interrogantes: qué le digo, cuando se lo digo, cómo se lo digo y para qué se lo digo. Tal escenario y dominio es lo que se ha dado en llamar tener competencia comunicativa.

 

Pero como el mensaje verbal es apenas en un 10 % responsable del atino comunicacional, también es necesario tomar consciencia de las señales no verbales que a diario intercambiamos en cualquier acto comunicativo. En tal sentido, Argly (1972, citado por Páez-Urdanta, 1992) ofrece una clasificación de las señales corporales que, con fines meramente didácticos, nos permitimos esbozar a continuación:

 

Observa concienzudamente tus señales y las de los demás:

 

  1. Señales hápticas: se refieren a todas aquellas de naturaleza táctil,  implican contacto físico: palmear, acariciar, besar, estrechar las manos, abrazarse, en fin, tocarse.
  2. Señales proxémicas: se relacionan con la distancia física existente, mayor o menor, entre los interlocutores. Por ejemplo, en una sala de reuniones de ejecutivos hay mayor proxemia que en un cuarto con niños jugando.
  3. Señales de la cabeza: se refieren al ángulo postural de la cabeza durante el evento comunicativo y sus movimientos. Si se niega o asiente con ella, si se inclina a la derecha o a la izquierda, si el movimiento es cabizbajo o altivo, si se mantiene en la línea media, etcétera.
  4. Señales del contacto visual: el solo establecimiento del contacto visual o su ausencia durante un acto comunicativo ya es mucho decir y luego está la calidad o característica de la mirada. Es cortesía verbal contar con el contacto visual y mantenerlo. No hay nada que descalifique más a un interlocutor que ignorarlo privándolo del contacto visual.
  5. Señales faciales: desde el punto de vista comunicacional el rostro con sus diversas y polifacéticas expresiones se distingue entre las demás señales corporales. Su capacidad expresiva es de un potencial inmenso, cuentan en ese sentido los movimientos de los labios, el ceño y todas sus muecas posibles.
  6. Señales gestuales: en este rubro entran en cuenta todos los gestos que podemos hacer con nuestras extremidades y, sobre todo, con las manos. Se dice al respecto que independientemente de la nacionalidad, los gestos gruesos son los más universales: el ademán de un adiós o el gesto de llamar a alguien, por ejemplo, se practica en todo el mundo.
  7. Señales posturales: en general la postura corporal es muy elocuente, tanto en estática como en dinámica, sentados o parados, porque reflejan nuestros estados anímicos y la mayor o menor sintonía hacia la persona que tenemos delante.

 

 

Este breve texto llega a su fin con la esperanza de que sea útil para hacer un balance de nuestras relaciones y para mejorarlas de ser necesario. El poder está en ti y la motivación solo puede surgir de ti mismo.  

26 de Mayo, 2020.

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